Ama y No Tengas Miedo

 en Oración y Meditaciones

Estamos viviendo como humanidad tiempos sin precedentes. Esto nos ha llevado a darnos cuenta de una manera más palpable que “no estamos en control” y a experimentar, por lo mismo, mayor incertidumbre y temor/miedo. ¿Cuál es el mandato que se repite con más frecuencia en la Biblia? Interesantemente no es: “ama más”, “no seas orgulloso”, “sé humilde”, “cuida tu pureza sexual”, “vive rectamente”, “no peques”. El mandato o exhortación que más se repite es: NO TEMAS, la gran frase de San Juan Pablo II, “no tengas miedo”.

En este sentido, pudiéramos leer la Biblia y darnos cuenta de que ella, de manera profunda, está buscando darnos una respuesta ante el miedo, no porque Dios quiera evitarnos una incomodidad emocional: “Hijo mío, no quiero que te sientas incómodo con esta emoción del miedo”, sino porque el miedo es la razón principal por la cual no hacemos la voluntad de Dios y terminamos embarcándonos en un camino equivocado. El miedo NUNCA ha sido ni será un buen consejero.

Además, por si fuera poco, si quisiéramos verlo desde un punto de vista menos religioso, ¿qué es lo que los psicólogos dicen que con mayor frecuencia hay detrás (en el fondo) de gran parte de las preocupaciones e intranquilidades del ser humano? EL MIEDO. Si somos verdaderamente honestos creo que podremos decir que muchos de nuestros retos, problemas, sufrimientos y angustias tienen como raíz el miedo (aunque muchas veces no estemos conscientes de ello).

Ahora bien, el miedo del que estamos hablando no solo abarca el temor a enfermarnos o el pánico que nos viene cuando percibimos que alguien quiere asaltarnos. También están otros miedos menos claros y palpables como el no querer enfrentar una situación para evitar ser heridos, el no participar en una reunión por temor a no ser aprobados, el no iniciar nuevas amistades por temor a no ser aceptados, el no arriesgarme a aprender nuevas tecnologías o un nuevo idioma por temor a fracasar, el no saludar por temor a no ser correspondido, el temor a quedarme sin trabajo o a quedarme solo y muchos más que esta pandemia está ayudando a que salgan a flote.

Ha salido a relucir en muchos de nosotros una mayor conciencia de nuestro temor “existencial” que proviene de darnos cuenta de que no podemos controlar nuestras circunstancias y, que, en último término, se manifiesta en el temor a la muerte. Los filósofos y teólogos hablan de que nuestra finitud como seres humanos, y nuestra conciencia de esta, nos hace angustiarnos y temer el hecho irremediable de que no podemos resolver nuestra existencia.

En resumen, por el hecho de pertenecer a la raza humana: vamos a experimentar miedo. ¡Bienvenidos TODOS! No hay quien pueda tirar la primera piedra. Lo que sí podemos hacer es dimensionarlo en el contexto de nuestra fe en Dios y de nuestras relaciones con los demás.

Pudiéramos hablar acerca de cómo el miedo afecta diferentes dimensiones de nuestra vida diaria como nuestra autoestima y seguridad personal y nuestra capacidad de crecer como personas, o bien, profundizar como el temor puede tener un impacto en nuestra confianza de Dios y en los demás o en la capacidad de intimar con los demás y de ser felices. Igualmente pudiéramos reflexionar acerca de cómo responder ante el miedo, animándonos a ser valientes y a dar pasos iniciales en nuestra conquista del temor, aprendiendo a arriesgarnos y a ver el fracaso como maestro. Sin embargo, por cuestiones de espacio, no hablaremos de ello por valioso e importante que pudiera parecer.

Quisiera más bien enfocarme en dos respuestas que pueden hacer una gran diferencia en nuestra lucha contra el temor; el descubrir a Dios junto a nosotros y el amor a Dios y a los demás.

Escuché (sin poder verificarlo) que el versículo más buscado en el año 2020 en una versión digital de la Biblia fue: Is 41:10 “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa”. No me extraña del todo. ¿Quién no conoce a alguien cercano que haya fallecido este año pasado? Y seguimos amenazados. La pregunta del millón, y al mismo tiempo, el punto medular entonces es ¿dónde está Dios en todo esto?

En momentos difíciles, de fracaso o de incertidumbre, cuando estamos realmente en mal estado, es sumamente difícil creer que Dios está presente. Se nos hace casi imposible descubrir a Dios. Precisamente en esto está la clave, que cuando estamos en lo peor, es muchas veces el mejor lugar para percatarnos de que Dios está cerca y que todo tiene un propósito, aun cuando no lo sepamos o entendamos. A veces el abismo es tan profundo que es imposible salir de él por nosotros mismos, pero si nos percatamos de su presencia y de su amor, podremos estar también ahí perfectamente seguros porqué él está ahí con nosotros. A veces la situación no tiene salida y lo único que podemos hacer es encontrar refugio en Él. Quizás se trate de un cáncer incurable, el rompimiento definitivo de una relación, la muerte de un ser querido, un fracaso laboral, etc. Dios sabe de situaciones así, porque Jesús sufrió como nosotros y por nosotros y descendió a los abismos para rescatarnos con su resurrección. Si aprendo a descubrir a Dios a mi lado, a caminar cerca de Él y tener la vivencia de que Él está conmigo, los problemas pierden su capacidad de dañar mi espíritu y el miedo se disipa.

La segunda respuesta ante el miedo es una que me llamó mucho la atención y que nunca la había asociado con el temor: amar a Dios y a los demás. En primera de Juan 4:18 “No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor.” Interesantemente, el amor perfecto no expulsa el odio, sino el temor. Siempre había asociado al amor como lo contrario, osea como el antídoto del odio, pero en este pasaje la tensión está entre el temor y el amor. ¿Por qué?

¿De dónde viene el temor? Viene, como ya dijimos, de darnos cuenta de que no tenemos la capacidad de solucionar nuestra vida (o la situación que estamos enfrentando), de que somos finitos. En otras palabras, viene de enfocarnos hacia adentro de nosotros, de vernos a nosotros mismos, de percatarnos de nuestra propia finitud y poca cosa. Por lo que entre más enfocados en nosotros mismos estemos, más temerosos estaremos.

Y ¿qué es el amor? Es y será siempre un movimiento hacia afuera, hacia los demás, pudiéramos decir hacia Dios mismo que es amor. En la medida en que nos enfocamos hacia los demás, menos miedo tendremos. Por eso el amor perfecto, que es Dios, expulsa todo temor. Es por eso que hay quienes dicen que el temor está en el fondo de nuestro pecado, porque lo que hace el temor es enfocarnos en nosotros mismos, en buscar la solución en nosotros, en aferrarnos a nosotros mismos y esto nos hace preocuparnos, ponernos ansiosos o a la defensiva.

Si analizamos nuestra vida a la luz de esta verdad puede ser muy iluminador: ¿por qué hago esto, por qué me comporto de esta manera, porque tiendo a responder con enojo? Veremos que en muchos casos el miedo estará en el fondo porque estoy tratando de tener control, de solucionar las cosas por mí mismo, poniéndome a mí mismo en el centro y de buscar que mi voluntad sea hecha. El amor perfecto me hace libre de este temor, porque entonces comenzaré a vivir enfocado en los demás y eso expulsa el temor. Pensemos, por ejemplo, en tantos médicos que por estar enfocados hacia los demás, tienen menos temor. Cuando vivimos en Dios, en el amor perfecto, nuestro ego, nuestro egoísmo va perdiendo fuerza y entonces podemos manejar mejor el temor. No se va del todo, pero algo cambia drásticamente porque el centro de nuestro ser se redirecciona ya no a nuestro ser limitado, sino hacia Dios y hacia los demás. Se lleva a cabo un desplazamiento de mi vida, de mi yo: “ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mi” (Gal 2:20), como dijo San Pablo. Lo increíble es que esto puede ser enormemente liberador porque es la VERDAD: el amor expulsa el temor. Cuando amamos, el temor deja de fastidiarnos y esclavizarnos.

Que Dios nos de su gracia para confiar más en Él, ya que él siempre está más cerca de nosotros de lo que nos imaginamos, y que nos impulse a amar más, dejando que el amor a Dios y a los demás nos reoriente y expulse el temor en nuestras vidas. Acordémonos que Dios sabe de problemas y hace algunas de sus mejores obras ahí, en el pozo, cuando aprendemos a vencer nuestros temores.

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